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SI LA IGLESIA ACEPTÓ EL MENSAJE DE FÁTIMA ES PORQUE CONTIENE LA MISMA VERDAD Y EL MISMO LLAMAMIENTO QUE EL DEL EVANGELIO. Juan Pablo II
El 13 de mayo de 1981,
festividad de la Virgen de Fátima, el Papa Juan Pablo II sufrió un atentado
en Roma. Desde entonces la imagen de la Virgen de Fátima tiene en su corona
la bala que fue extraída del vientre de Juan Pablo II. El 13 de junio de
1994 el Papa, reunido en Roma con los Cardenales de todo el mundo, dijo: «A
mí se me ha dado comprender, de modo especial, el mensaje de la Virgen de
Fátima la primera vez el 13 de mayo de 1981 en el momento del atentado a mi
vida, y después de nuevo hacia final de la década de los ochenta con
ocasión del hundimiento del comunismo en los países del bloque soviético.
Pienso que se trata de una experiencia bastante transparente para todos».
Roma, 13 de mayo de 1981, 5
horas 19 minutos p.m.
Juan Pablo II el Grande por
muchos motivos, subido en el papamóvil, recorría la plaza de San Pedro,
saludando y bendiciendo a una multitud de veinte mil personas que le
aclamaban. De pronto, cuatro disparos de Gemelli, donde llegó en estado
gravísimo. El homicida, el turco Alí Agca, fue detenido con las manos en la
masa.

El 14 de mayo, tras una
intervención quirúrgica de cinco horas y veinte minutos en el Gemelli, su
secretario y amigo Stanislaw Dziwisz velaba a la cabecera de su cama. Un
día antes, le había dado al Papa la Unción de los Enfermos. Sabía que la
vida de Juan Pablo II pendía de un hilo.
Cuando recobró el conocimiento,
don Stanislaw le hizo el relato de los acontecimientos de la víspera, y subrayó
el hecho de que la fecha coincidiera con la primera aparición de la Virgen
en Fátima, Portugal, el 13 de mayo de 1917, o sea 64 años exactos antes.
Inmediatamente, el Papa pidió que le trajeran al hospital toda la
documentación referente a las apariciones de la Virgen de Fátima.
El cardenal Eduardo Pironio
visitó a Juan Pablo II en el Gemelli, y lo vio rodeado de dossiers
referentes a Fátima. Juan Pablo II consiguió leer toda aquella
documentación los días que estuvo internado y amplia información sobre
detalles históricos de las apariciones. Quizá fue instruido de palabra por
don Stanislaw, su secretario, o por Monseñor Paúl Hnilinca, eslovaco,
condenado por los comunistas a trabajos forzados, y después de su
liberación había seguido con gran interés y esperanza la historia de Fátima
y sus apariciones. A ellos se debe que el Papa haya estado muy bien
informado esos días.
SE CUMPLEN LAS PROFECIAS
Hemos contemplado estos últimos
años el desmantelamiento imprevisto del marxismo en los paises del Este europeo,
sojuzgados por él durante 73 años. Se ha cumplido hasta el último ápice la
profecía de la Señora de Fátima: Rusia se convertirá. Por fin mi Corazón
Inmaculado triunfará. Hay que entender la conversión de Rusia, en su
carácter de atea y beligerante contra Dios y la religión, no en una
conversión individual de cada persona, que esa no se da ni en Roma.
El caso es que aparte de la
apertura de los templos y catedrales, hay datos significativos como el de
la felicitación de Vladimir Putin, cuando fue elegido Presidente de Rusia,
al archimandrita Ioann Krestyankin, quien el 11 de abril de 2000, se
encontró con la sorpresa de recibir una expresiva carta del presidente, en
su noventa cumpleaños. El archimandrita Ioann, monje en el Monasterio de
las Cuevas Pskov, cercano a la frontera con Estonia, atrae la devoción de
muchos ortodoxos que lo consideran un monje que ha recibido el don del
discernimiento espiritual. «Su vida -dice el presidente Putin en su carta-
es un ejemplo de una gran y auténtica actividad y un sincero servicio a la Iglesia Ortodoxa Rusa, de un esfuerzo por reforzar la fe y el espíritu de nuestro pueblo».
«Todos los rusos ortodoxos-añade- le conocen y le aman. Seguramente gracias
a maestros como usted, Rusia está retornando a sus raíces espirituales y
morales». El ha sobrevivido a la represión comunista contra la Iglesia y a
los rigores de la vida ascética, como subraya Putin. Es la primera vez en
su vida que los medios de comunicación rusos se ocupan de él. El mensaje de
felicitación de Putin es un hecho extraordinario, pues desde el zar
Alejandro III y Nicolás II, que felicitaron al santo Ioann de Kronshtadt,
que murió en 1908, ningún «starets» había recibido una felicitación
oficial. El monasterio del archimandrita Joann, ha sido el centro
espiritual de la vida ortodoxa no oficial en la URSS. Hasta su anexión a la Unión Soviética, en 1940, pertenecía al territorio de Estonia, y
permaneció abierto durante el período comunista. El archimandrita Ioann
dio su bendición a todos aquellos que preferían la tortura, la privación y
los campos de trabajos forzados, a la sumisión a las autoridades ateas.
RUSIA. EL MARXISMO
En el año 1917 se implantó en
Rusia la dictadura del marxismo materialista y ateo de carácter estatal.
Lenín y Troski pensaban y ambicionaban dominar el mundo formando un supremo
estado totalitario y ateo. Caída Rusia en sus garras, su plan se dirigía a
conquistar España y Portugal para, desde allí, dominar toda Europa. El año
anterior, 1916, Dios comenzó también a trazar su estrategia. Y así como
para la Encarnación envió a un ángel, para anunciar este plan envió a
Aljustrel, en Fátima, al Angel de Portugal, para preparar a los
instrumentos de sus planes, que eran tres humildes pastorcitos, Jacinta,
Francisco y Lucía, de 7, 8, y 10 años. Cuando nació Jesús, ¿a qué reyes
famosos suscitó el Señor, para que le adorasen? Es el mismo Evangelio quien
nos responde: «Había en la región unos pastores... (Lc 2, 8) ».

UN ANGEL PRECURSOR PREPARA A
LOS TRES PASTORCITOS.
Primera aparición: «Soy el Angel
de la Paz».
En el verano de 1916, en la
semicueva del Cabeço.«Soy el Angel de la Paz», les saludó, y después rezó
con ellos: «Dios mio, creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los
que no creen, no adoran, no esperan, no te aman».
Me parece, dice Lucía, que el
ángel se nos apareció por primera vez, en la primavera de 1916, en nuestra
Loca de Cabeço. Subimos la pendiente en busca de abrigo, y después de
merendar y rezar allí, comenzamos viendo sobre los árboles que se extendían
en dirección al oriente, una luz más blanca que la nieve, en forma de un
joven transparente más brillante que un cristal herido por los rayos del
sol. Estábamos sorprendidos y medio absortos. No decíamos ni una sola
palabra. Al llegar junto a nosotros, dijo:—¡No temáis! Soy el Angel de la paz. Orad conmigo. Y arrodillándose en tierra inclinó la frente hasta el suelo. Le imitamos y
repetimos las palabras que le oímos pronunciar: —Dios mío, yo creo, adoro,
espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran no esperan
y no te aman. Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo:
-¡Orad así! Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de
vuestras súplicas. Y desapareció. La atmósfera de lo sobrenatural que nos
envolvía, era tan intensa que casi no nos dábamos cuenta de la propia
existencia, permaneciendo en la posición en que el ángel nos había dejado,
repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan
inmensa e íntima que no nos atrevíamos a hablar. El día siguiente todavía
sentíamos el espíritu envuelto en esa atmósfera que sólo muy lentamente fue
desapareciendo.
LOS PEQUEÑOS
Fátima, 1917. Cristo quiere
enviar a su Madre para dar un mensaje al mundo. ¿Quién lo recibirá? El plan
de Dios sobre los hombres no ha variado: «Yo te alabo, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos
y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25). Lucía, la mayor, diez años,
es la última de los seis hijos de Antonio y Maria Rosa dos Santos.
Francisco, primo de Lucía, nueve años, es hijo de Pedro Marto y Olimpia de
Jesús. Jacinta, siete años, hermana de Francisco, son los más pequeños de
once hermanos. No son santos de leyenda: en su nacimiento ni hubo voces ni
señales misteriosas, ni amor a la soledad, ni seriedad impropia de la niñez. Niños sanos y robustos, crecidos en el campo, eran poco inclinados a visiones
enfermizas. Tímidos y alegres, como hijos del pueblo humilde. Ninguno de
los tres sabía leer ni escribir. Carecen de malicia, son puros y sencillos
de corazón. Con la franqueza y la confianza de la niñez: «¿De qué país es
usted?», le preguntarán a la visión celeste. Obedientes y amantes de sus padres:
sólo una fuerza sobrenatural podrá atraer a Lucía hacia el prado de las
apariciones, contra la prohibición de su madre. Tienen sus defectos. Como
todos los niños, son naturalmente inclinados al egoísmo y a la comodidad. Ninguno de ellos ha nacido santo. Francisco revela siempre un carácter varonil,
muy fuerte, en ocasiones violento. Jacinta, la pequeña de la casa, está
acostumbrada a los mimos y pequeños caprichos de niña consentida. Fátima,
domingo 13 de mayo de 1917
Damos un salto hacia atrás en el
tiempo: nos situamos en el día 13 de mayo de 1917, seis meses antes de que
Lenin asaltase el poder en Rusia. La Primera Guerra Mundial llevaba tres años matando gente, la recién inventada ametralladora
liquidaba fácilmente quince mil hombres en una tarde. Europa se desangraba.
Portugal también estaba en la guerra, ya había portugueses mutilados
(ciegos, o cojos) en Aljustrel, el asentamiento más cercano a Fátima, en el
cual vivían tres pastorcillos: Lucia dos Santos, de 10 años; y sus primos
Francisco Marto, de 9, y Jacinta Marto, de 7. La primera –Lucia- era prima
hermana de los otros dos.
Los tres ayudaban a su familia
llevando las ovejas a pastar a los prados familiares. Cuando estaban
pastoreando sus ovejas en Cova da Iria (“valle de Santa Irene”, traducido
libremente) y el sol estaba en su cenit, una luz repentina les iluminó,
como el estallido de un relámpago. Con temor, supusieron que venía
tormenta, reunieron las ovejas y se encaminaron hacia casa. Al pasar
delante de una encina, les sorprendió otro relámpago, más brillante que el
primero. Enmudecieron y aceleraron el paso. Pero avanzaron sólo tres o
cuatro metros cuando una intensa claridad los rodeó y encegueció. Los tres
miraron a la derecha, y ante ellos, sobre el arbusto, en el centro de una
gran aureola de luz que les alcanzaba, vieron a una hermosa Señora más
resplandeciente que el sol.
Se asustaron e intentaron huir,
pero el gesto maternal y la dulce palabra de la Señora les detuvo:
- No temáis, no quiero haceros
ningún daño.
En el éxtasis que vivían los
niños, vieron a la Señora, que les pareció de unos dieciocho años. Vestía
una túnica blanca como la nieve, que la envolvía hasta los pies. Un cordón
dorado ajustaba la túnica en la cintura, y caía hasta el talle. Un velo
blanco, con bordes de fino galón de oro, cubría su cabeza y sus hombros, y
llegaba casi hasta el final del vestido.
Su cara, infinitamente delicada,
brillaba como un sol. Sonreía con cariño, pero con sonrisa ligeramente
velada por una sombra de tristeza. Sus manos estaban juntas sobre el pecho.
Miraba dulcemente con sus ojos negros; en el brazo derecho tenía un rosario
blanco, con cuentas brillantes como perlas. El rosario tenía una crucecita
de plata, también brillante. Sus pies sonrosados estaban descalzos, sobre
una nube de armiño, que rozaba las ramas de la encina.

-¿De dónde es Usted?, preguntó
Lucia.
-Soy del Cielo.
La mano de la Señora señaló el
firmamento azul.
-¿Qué desea de nosotros?
-Vengo a pedirles que nos
encontremos aquí seis veces seguidas a esta misma hora, el día 13 de cada
mes. En octubre les diré quién soy y qué quiero.
-¿Viene del Cielo..? ¿Iré yo al
Cielo?
-Sí, tú irás.
-¿Y Jacinta?
-También.
-¿Y Francisco?
La Señora miró al niño con
bondadosa compasión maternal:
-También irá. El tiene que rezar
antes muchos rosarios.
Lucia se acordó de dos amigas
suyas, que iban a aprender a tejer a su casa, y que acababan de morir.
Preguntó a la Señora:
-¿Está María de las Nieves en el
Cielo?
-Sí, está.
-¿Y Amelia?, interrogó de nuevo
Lucia, pensando en su otra amiga, de unos 19 años.
-Pues estará en el purgatorio
hasta el fin del mundo, dijo la Virgen, y añadió:
-¿Queréis ofrecer a Dios
sacrificios y aceptar todos los sufrimientos que El les envíe en reparación
de los tan numerosos pecados que ofenden a su Divina Majestad? ¿Quieren
sufrir para obtener la conversión de los pecadores, para reparar las
blasfemias, así como también todas las ofensas hechas al Inmaculado Corazón
de María?
-Sí, queremos.
La Señora hizo un gesto de
complacencia por la generosidad de los niños, que Lucia había expresado por
los tres.
-Vais, pues, a sufrir mucho,
pero la gracia de Dios os confortará siempre.
La Señora dijo estas palabras
con las manos juntas, como las tuvo en todo este diálogo. Las separó en
este instante, haciendo brotar hacia los videntes una luz misteriosa. Lucia
lo contará después diciendo:
-Penetrándonos hasta lo más
profundo del alma, hizo que nos viésemos a nosotros mismos en Dios, quien
es esta misma Luz, con más claridad que si nos hubiésemos visto en el más
terso de los espejos.
En ese momento, movidos por un
irresistible impulso, los tres niños cayeron de rodillas recitando:
-¡Oh, Santísima Trinidad, yo te
adoro...! ¡Dios mío, Dios mío, yo te amo...!
La Señora les dijo:
-Rezad el rosario todos los
días, a fin de obtener la paz para el mundo y el fin de la guerra.
-¿Podrá decirme si la guerra
durará mucho o si terminará pronto?
-No te lo puedo decir aún,
mientras no te haya dicho también qué es lo que quiero.
En, seguida la Señora se fue
hacia el Este, sin mover los pies, desplazándose "toda de una
pieza", en expresión de Lucia, que ha contado después que "la luz
que circundaba a Santa María parecía abrirle paso a través de los astros,
motivo por el que algunas veces decíamos que vimos abrirse el cielo".
Estaban felices los tres
pastorcitos: Lucía había visto a la Señora, la había escuchado y había
hablado con Ella. Jacinta la había visto y escuchado. Francisco sólo la
había visto, pero Lucia le reprodujo inmediatamente después todo el
diálogo, fielmente.
Francisco, una vez escuchado el
relato íntegro, se acordó de las ovejas. Descubrieron que se habían ido a
un campo de arvejas, de propiedad ajena. Los pastorcitos corrieron a sacarlas
de allí y Lucia comentó:
-Por fortuna, no se ve ninguna
arveja comida.
Jacinta opinó:
-¡Oh, qué Señora tan hermosa!
¡Qué Señora tan hermosa!
Lucía le advirtió:
-Al menos no se lo cuentes a
todo el mundo.
-¡No diré nada! ¡No tengas
miedo!
Los buenos propósitos de Jacinta
se quedaron en eso, porque al llegar a casa no pudo evitar contárselo todo
a la señora Olimpia, su mamá, y al día siguiente lo sabía todo el pueblo.
Las befas fueron frecuentes para los tres videntes y sus familias, los problemas
prometían ir a más, hasta el párroco de Fátima estaba muy nervioso y sin
querer les hizo la vida difícil, especialmente a Lucia, cuyos padres no la
creían y la trataban como mentirosa.
TRECE DE JUNIO A TRECE DE
SEPTIEMBRE DE 1917
Los días 13 de esos meses la
Señora se presentó en Cova da Iria y dio señales para todos de que estaba
allí.
Una revelación que hizo el trece
de julio de 1917 sobre el infierno, los errores de Rusia, la próxima guerra
europea (la segunda), y otros vaticinios importantes le otorgan mayor
relieve.
Ese día había mucho entusiasmo
en el pueblo para ir a Cova da Iria, pero el ánimo de Lucia estaba decaído:
había dudado si ir o no a la aparición, pues el párroco había dicho que
todo podría ser una comedia del demonio. Al fin ella había decidido ir a la
Cova da Iria, tal vez porque Francisco y Jacinta, sus primos, toda la noche
anterior habían estado rezando para que Lucia no faltara.

Casa donde vivieron
Francisco y Jacinta. Año 1917
Felices, los tres niños se
encaminaron a la Cova da Iria.
Habían ido, además, unas cinco
mil personas. Olimpia y María Rosa, madres de los videntes, esta vez fueron
juntas a la cita mariana. Seguían de lejos a sus hijos. Como las veces
anteriores, luego del relámpago y de la luz intensa de una aureola, la
Aparición se presentó sólo a los tres niños.
Lucia pidió que todos se
arrodillaran y cerrasen los paraguas que estaban siendo utilizados de
sombrillas. Todos acataron la indicación.
Lucia no se decidía a hablar
pero Jacinta le animó:
-Lucia, habla, ¿no ves que Ella
está aquí y quiere hablar contigo?
-¿Qué quieres de mí, Señora?, le
preguntó por fin Lucia.
-Deseo que volváis el 13 del
próximo mes. Rezad el rosario todos los días con la intención de obtener el
fin de la guerra. Sólo Nuestra Señora puede alcanzar esta gracia a los
hombres.
Lucia quería disipar sus dudas y
pidió el nombre de la Aparición, y solicitó también algún milagro como
prueba de la presencia de la Señora.
- Venid aquí todos los meses. En
octubre yo os diré quién soy y lo que deseo y haré un gran milagro para que
todo el mundo pueda creeros.
-Señora, tengo aún muchas cosas
que pedirle. ¿No querrá curar al tullido . . ., convertir a la familia...
llevar al Cielo al enfermo...
Santa María contestó que no
curaría al tullido, pero que él podría valerse y ganarse la vida y que
debía rezar todos los días el rosario con su familia. Que no perdiera la paciencia. Ella sabía mejor que él el momento conveniente para venir a buscarle. Los demás
obtendrían sus gracias durante el año, pero deberían rezar el rosario.
Lucia se alegró por las noticias
buenas para el tullido, que era Joâo, hijo de María de Carreira. Y dijo
entonces en voz alta:
-Sí, ella quiere que se rece el
rosario ¡Qué se rece el rosario!
Y la Señora, "como para
reanimar mi enfriado fervor", dirá más tarde Lucia, añadió:
-Sacrifíquense por los pecadores
y digan con frecuencia, especialmente al practicar algún sacrificio: ¡Oh,
Jesús, te ofrezco este sacrificio por tu amor, por la conversión de los
pecadores y en reparación de los pecados que tanto ofenden al Inmaculado
Corazón de María!
Terminadas de decir estas
palabras, Nuestra Señora separó las manos como las veces anteriores y el
haz de luz se proyectó hacia la tierra. Los tres niños se vieron dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos, negros y
ardientes, los demonios y al-mas en forma humana, semejantes a brasas
transparentes. Sostenidas en el aire por la llamas, caían por todas partes,
igual que las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio,
entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperación que hacen
temblar de espanto. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y
asquerosas de animales espantosos y desconocidos, más transparentes que
negros tizones en brasa.
Los niños lanzaron suspiros de
pena y sus rostros mostraban una tristeza profunda. Lucía, completamente
pálida, exclamó:
-¡Ay, Virgen Santa...! ¡Ay
Virgen Santa...!
Los espectadores notaron las
reacciones de los niños, y vieron la nubecilla que el señor Marto
describirá después:
-Vi una nubecilla cenicienta que
se detenía sobre el arbusto. El sol se amortiguó y empezó a soplar un
airecito fresco que refrigeraba. Nadie hubiese dicho que estábamos en lo
más fuerte del verano. La gente permanecía muda, sin salir de su asombro. Y
entonces empecé a oír un murmullo, un zumbido, como un moscardón en un
cántaro vacío. Pero, palabra... ninguna..
A cada movimiento de la gente,
Olimpia y María Rosa, en gran tensión nerviosa temblaban de miedo por sus
hijos y por todo lo que pasaba.
Lucia, refiriéndose a la visión
del Infierno, ha comentando mucho después:
-Tuvimos que agradecer
anticipadamente a nuestra cariñosa Madre del cielo que nos hubiese
adelantado la noticia de que nos conduciría al paraíso. De otra suerte,
creo que hubiésemos muerto de miedo.
Los niños buscaron socorro en la
mirada dulce de la Señora, que les hablaba con ternura y tristeza:
-Han visto el Infierno, donde
van a terminar las almas de los pobres pecadores. Para que puedan ir al
Cielo, el Salvador quiere instituir en el mundo la devoción de mi Corazón
Inmaculado. Si se hace lo que yo les diré, muchas almas se salvarán y se
tendrá la paz. La guerra va hacia el fin; pero si no se cesa de ofender al
Señor, bajo el reinado de Pio XI comenzará otra peor.
Lucia grababa cada una de las
palabras de la Virgen en la memoria. Sabía que la guerra, comenzada en 1914, llevaba tres años ensangrentando Europa. Aunque Portugal no había
participado de lleno en ella, sí había enviado soldados, y en el pueblo,
lógicamente, se hablaba continuamente de ella. No había oído hablar, en
cambio, de Pío XI. No sabía si era un rey, un papa o un personaje de otro
tipo. Pero la Virgen María no había terminado su mensaje.
-Cuando vean una noche iluminada
por una luz desconocida, sepan que es la gran señal que Dios les da de que
está próximo el castigo de los crímenes del mundo por la guerra, el hambre
y las persecuciones contra la Iglesia y contra el Santo Padre. Para impedir
eso vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado y la
comunión reparadora de los primeros sábados. Si se escuchan mis peticiones,
Rusia se convertirá y se tendrá la paz. Si no, ella propagará sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia; muchos
buenos serán martirizados. El Santo Padre tendrá mucho que sufrir; algunas
naciones serán aniquiladas. En Portugal el dogma de la fe se conservará
siempre.
Lucia escuchaba absorta, Jacinta
guardaba también cada palabra del mensaje. Cuando, años después, Lucia
cuente el suceso, hará referencia a que nunca había oído hasta entonces la
palabra "Rusia". Pensó que era una mujer pecadora pública que
había que rescatar del pecado.
El mensaje sobrenatural de la
Madre del Cielo a la humanidad continuó y fue escuchado por las dos niñas.
El niño sólo la vio, aunque ellas le contaron luego todo lo dicho. La Virgen María, después de haberles citado para el siguiente día 13, de haberles pedido que
rezaran el rosario para obtener el fin de la guerra, de prometerles decir
en octubre quién era y lo que deseaba, de ofrecerles hacer entonces un gran
milagro para que todos creyeran, de pedirles sacrificios por los pecadores,
de enseñarles la oración de desagravio al Inmaculado Corazón de María, de
mostrarles los horrores del Infierno, de anunciarles el signo de una luz
desconocida en la noche que indicaría un nuevo castigo del Cielo, de
solicitar la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado y la comunión
reparadora de los primeros sábados, y de profetizar la conversión de Rusia,
la guerra y la paz, la destrucción de países, la persecución y el martirio
en la Iglesia y el sufrimiento del Santo Padre, después de todo ello,
añadió:

Parroquia de
Fátima, donde los tres pastorcillos fueron bautizados, acudían a la Misa Dominical , a rezar y a la catequesis.
Es el Tercer Secreto. Es parte
sustancial del famoso mensaje de Fátima. El mensaje del destino de la humanidad. Ha sido el secreto mejor guardado del mundo. Pero Juan Pablo II sí pudo saber qué
decía el secreto, como veremos más adelante.
Lucia escribió este secreto años
después, guardando lo escrito en sobre sellado, confiado al obispo de
Leiria, ya muerto. El sobre fue a parar al Cardenal Patriarca de Lisboa. De
ahí, a la Ciudad del Vaticano. Lo guardó el Papa Pío XII. El sobre decía:
"para abrirse en 1960". Ese año, ocupaba la silla de Pedro el
Papa Juan XXIII. Luego vendrían los papas Paulo VI, Juan Pablo I y Juan
Pablo II. Si ellos conocieron el secreto, no lo publicaron, y ha
permanecido oculto muchos años.
Pero regresamos a 13 de julio de
1917 en Fátima. Nuestra Señora siguió diciendo a Lucia, Jacinta y
Francisco:
-Pero finalmente mi Corazón
Inmaculado triunfará, Rusia será consagrada y se convertirá, y un tiempo de
paz será dado al mundo. No digan esto a nadie, a Francisco pueden
decírselo.
Pasaron unos momentos y la
Señora tomó de nuevo la palabra:
-Cuando recéis el rosario, al
final de cada decena, decid: ¡Oh, Jesús mío! Perdónanos, líbranos del fuego
del Infierno; lleva al Cielo a todas las almas y socorre principalmente a
las más necesitadas.
-¿Quieres algo más de mí?,
pregunta Lucia.
-No, no quiero nada más por hoy.
La temperatura, que había
descendido, volvió a su estado normal de calor veraniego, la luz también se
normalizó, se escuchó una especie de trueno, y la Visión se alejó como las
veces anteriores. Lucia, que había estado de rodillas, se paró, comentando:
-¡Se va... ! ¡Ya no se ve!
Manuel Pedro se apresuró a tomar
en brazos a su hija Jacinta, que fue abordada por la muchedumbre. Una persona impertinente preguntó a la niña:
-¿Qué ha dicho la Señora?
-Nos ha dicho ciertas cosas para
nosotros.
Un curioso, a su vez, interrogó
a Lucia, viéndola seria:
-¿Por qué estás tan triste?
-La Señora nos ha comunicado un
secreto, pero no lo podemos decir.
-¿Bueno o malo?
-Es para bien de nosotros tres.
-¿Y para el pueblo?
-Para algunos es bueno, para
otros, malo.
Y al relatar la aparición de ese
día, Lucia ha dicho años después:
-Gracias al Cielo, esta nueva
visita disipó todas las tinieblas de mi alma y volví a encontrar la paz.
El trece de agosto, los niños no
pudieron estar en Cova da Iria. El alcalde francmasón de Vila Nova, del
cual dependía Aljustrel, secuestró a los niños y trató de hacerles revelar
el secreto que les había confiado la Señora. Los niños se portaron como héroes, sobre todo cuando fueron amenazados de ser quemados vivos si no revelaban el
secreto.
En Cova da Iria, a las doce, un trueno
retumbó sobre la tierra y un relámpago sorprendió a los presentes, mientras
la nubecilla que había sido vista en anteriores apariciones se posó otra
vez sobre la encina durante unos diez minutos. La gente gritó:
-¡La Virgen! ¡Debe ser la
Virgen! ¡Nuestra Señora se ha manifestado!
Nadie vio a la Señora, pero los
hechos que ocurrieron en las apariciones anteriores se repitieron, y eso
fue suficiente para que la gente interpretara que la Señora había acudido a
la cita. Todos lamentaron que los niños no estuvieran, y la indignación
contra el arbitrario alcalde se hizo tremenda.
El 15 de agosto, fiesta de la
Asunción de Nuestra Señora a los cielos, el alcalde había terminado por
convencerse de que los niños no le dirían el secreto de la Señora, cuyas
apariciones, por otra parte, negaba. Así las cosas, terminó por llevar los
tres niños a la casa parroquial de Fátima. Así se hizo y cuando llegaron el
párroco estaba celebrando la Santa Misa, en la iglesia llena de gente.
Hubo un buen grupo que quiso
hacer pagar al alcalde sus maldades, y Manuel, padre de Francisco y
Jacinta, resolvió la situación invitando al alcalde a tomar un trago en la taberna. El alcalde aceptó.
El domingo 19 de agosto, por la
tarde, los pastorcitos fueron con sus ovejas a un lugar llamado Os
Valinhos, los Vallecitos, cerca de Aljustrel. Allí se les apareció la
Señora.
Después de dos relámpagos, y
sobre una encina algo más grande que la de la Cova, descendió una vez más
nuestra Señora. Esta vez no la esperaban.
-¿Qué quiere Usted de mí?, preguntó
Lucia.
-Quiero decirles que sigan yendo
a Cova da Iria todos los días 13 hasta octubre, y que sigan rezando el
rosario cada día.
Lucia pidió un milagro. La
Virgen le respondió:
-Sí, el último mes haré un
milagro para que todos crean. Si no les hubieran llevado a Vila Nova, el
milagro habría sido más grandioso.
Después de responder a unas
preguntas de Lucia, la Virgen les dijo:
-Recen, recen mucho y hagan
sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al In-fierno porque no
hay nadie que se sacrifique ni ruegue por ellas.
La Virgen desapareció, mientras
Lucia gritaba:
-¡Se va! ¡Mira, Jacinta!
Los pastores volvieron al
caserío. Al pasar por la casa de Lucia, Jacinta y Francisco dijeron a María
Rosa (madre de Lucia):
-Tía, hemos vuelto a ver a la Santísima Virgen.
-No hacen sino ver a la Santísima Virgen, mentirositos, replicó ella.
-Mira, tía, la Señora tenía un
pie sobre esta ramita, y el otro sobre esta otra ramita. Y Jacinta dio las
dos ramitas a su tía. María Rosa tomó las ramas, que Francisco había
arrancado en la encina, y todos los presentes respiraron un delicioso
perfume que embalsamó el caserío por unos momentos. Los padres de Lucia,
desde entonces, comenzaron a comprender que su hija no mentía y que todo
era verdad.
El día 13 de septiembre, a las
diez de la mañana, la Cova da Iria estaba colmada con una multitud de
veinticinco a treinta mil personas. Todos rezaban el santo rosario: pobres
y ricos, instruidos e ignorantes, unidos en la misma devoción mariana.
Muchos luchaban por acercarse a Lucia, a Jacinta, a Francisco.
-Pidan por mi hijo lisiado...
que regrese del frente de guerra mi marido ... que vea mi hijo ciego...
rueguen por un pecador empedernido... gritaba la gente sin disimulo,
mientras los niños trataban de escuchar y retener los pedidos. La gente se
amontonaba al lado de los niños.
Lucia ha guardado vivo
recuerdo de este momento:
-Allí aparecían todas las
miserias de la pobre humanidad y algunos gritaban subidos en los árboles y
en las tapias con el fin de vernos pasar. Diciendo a unos que sí, dando la
mano a otros para ayudarles a levantarse del polvo de la tierra, allá
íbamos andando gracias a algunos caballeros que nos abrían camino entre la muchedumbre. Ahora, cuando leo estas escenas encantadoras del Nuevo Testamento, del paso de
Nuestro Señor por Palestina, pienso en nuestros pobres caminos y sendas de
Aljustrel, Fátima y Cova da Iria, y doy gracias a Dios ofreciéndole la fe
de nuestra buena gente portuguesa. Y pienso que si ellos podían humillarse
como lo hicieron ante tres pobres niños, sólo porque eran agraciados de
hablar a la Madre de Dios ¿qué no harían si pudieran ver a Nuestro Señor
mismo en persona delante de ellos?
La aparición tuvo lugar en forma
parecida a las anteriores. La Virgen alabó los sacrificios de los
pastorcillos. Pero les dijo que dejaran de usar el cilicio de cuerda que
tenían puesto todo el día. Pidió que rezasen el rosario para obtener el fin
de la guerra.
Los pequeños prodigios –truenos,
cambio de clima, movimientos de la carrasca, y nubecillas hermosas- que
vieron todos o bastantes de los asistentes, enfervorizaron a la muchedumbre. Ya no quedaban muchos escépticos en Portugal. Las curaciones pedidas por Lucia
fueron atendidas, y también respondió cuando se le pidió qué hacer con el
dinero que espontáneamente habían dado para el culto y que guardó la señora María, del caserío de Moita.
TRECE DE OCTUBRE, LA DANZA DEL SOL
A primeros de octubre, Portugal
entero hablaba de las apariciones de la Virgen María en Fátima. Los peregrinos acudían de todo el país, llenando la carretera de
Aljustrel, y rezaban en la Cova da Iria. Ya eran muchos miles los testigos
de los fenómenos que acompañaban la venida de la Señora para hablar con los
niños.
Era tal el interés de curiosos,
periodistas, clérigos, y hasta médicos y personalidades de fama, por
interrogar a los pastorcitos, que pese a las anteriores negativas, esta vez
aceptaron una oferta de pasar unos días fuera del caserío de Aljustrel.
Llegó el 13 de octubre. En casa
de Lucia, los amigos aconsejaron a los padres que no fueran ese día a la
Cova da Iria, pero ellos decidieron acompañar a sus hijos pasara lo que
pasara. Pero, por si acaso, se habían confesado el día anterior.
Desde temprano, y pese a la
insistente lluvia, unas setenta mil personas se apretujaban en Cova da Iria
para ubicarse lo más cerca posible de la encina en la que solía aparecerse
la Virgen, cuando los tres pastorcitos, vestidos de fiesta, se acercaron a
eso de mediodía, para esperar a la Señora.
Lucia gritó:
-¡Un relámpago! ¡Ya está aquí!
-Mira bien, hija mía. Ten
cuidado de no engañarte, le sopló al oído su madre temerosa.
El rostro sereno de la niña,
concentrada en la Visión, se tornó más hermoso, sonrosado, en éxtasis.
Francisco y Jacinta, al lado, vieron igualmente la Aparición. El resto de la gente vio solamente la nube a unos seis metros de altura. Los pies
de la Señora se posaban sobre los adornos puestos sobre el arbusto.
Lucia abrió el diálogo, y
preguntó a la Aparición quién era.
-Soy la Señora del Rosario.
Deseo que en este lugar se levante una capilla en mi honor, que se continúe
rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los soldados
no demorarán en regresar a sus casas.
-¡Tendría que pedirle tantas
cosas!
-Concederé unas, otras no
Y añade la Virgen del Rosario:
-Es preciso que los hombres se
enmienden, que pidan perdón de su pecados. Que no ofendan más a Nuestro
Señor, que ya es demasiado ofendido.
El rostro de la Aparición se
entristeció al decir este mensaje; los niños sintieron en el fondo del alma
el impacto de estas palabras y de esta Visión. La Virgen separó las manos,
mientras el sol se hizo visible.
Mientras los videntes vieron
visiones varias de la Sagrada Familia, sólo Lucia vio cómo Nuestro Señor
bendijo a la multitud.
Lucia exclamó:
-¡Miren el sol!
La multitud vio iniciarse un
sorprendente espectáculo. El sol se había aparecido en el cenit como un
disco de plata que se podía mirar sin deslumbrarse. El disco era mate, pero
lo rodeaba una corona brillante. La lluvia cesó de repente. El sol tembló,
se sacudió bruscamente, dio vueltas sobre sí como una rueda de fuego.
Proyectó en todas direcciones unos rayos de luz con colores cambiantes. Por
efecto de esas variaciones, la tierra y el cielo, la gente y los árboles,
adquirieron sucesivamente cada uno de los colores del arco iris. El sol se
detuvo, y volvió a danzar con mayor resplandor. Se detuvo de nuevo. Inició
nuevamente, más brillante y con nuevo colorido, el movimiento, y el juego
de luces fue fenomenal, extraordinario, formidable, superior a todo cuanto
el hombre puede crear en su imaginación e ingenio.
La muchedumbre tuvo la sensación
de que el sol se desprendía del firmamento y se lanzaba sobre la tierra con
pequeños saltos y vaivenes de derecha a izquierda, irradiando un color cada
vez más intenso. La gente gritó:
-¡Milagro! ¡Virgen Santa! ¡Dios
mío, misericordia...!
Los fieles sintieron la
necesidad de hacer actos de fe, de rezar. Se arrodillaron en el barro y
recitaron el acto de contrición. Entonces, el sol interrumpió su descenso,
subió de nuevo zigzagueando y recuperó su brillo normal en el cielo limpio.
La gente respiró, se levantó y rezó el credo.
La multitud avivó su fe; la
gente se encomendaba a la Señora de Fátima y pedía perdón a Jesucristo por
sus pecados. Entre los presentes, muchas personas que vivían en pencado
prometieron confesarse y recomenzar la práctica de los sacramentos.
Los corresponsales de prensa que
presenciaron los hechos en la Cova fueron hacia sus periódicos, para
transmitir las noticias a Portugal y al mundo. Es notable la fidelidad a
los hechos del reportaje de O Seculo hecho por el periodista Conrado de
Almeida. El periódico era portavoz de la francmasonería y había sido muy
sectario. Su objetividad le costó a Almeida ganarse algunos enemigos entre
sus ex compañeros de ideas.
La historia y los videntes
después del 13 de octubre de 1917 hasta 1925
Poco después del 13 de octubre,
el 7 de noviembre de 1917, Lenin tomó el poder en San Petersburgo, Rusia.
El comunismo (a partir de Rusia) empezaba a extender sus “errores”, como
veremos más adelante.
El tiempo pasaba rápido.
Francisco murió en Aljustrel, el 4 de abril de 1919. Jacinta murió en
Lisboa, en un hospital, el 20 de febrero de 1920. A ella se le apareció la Virgen varias veces (le reveló cosas muy importantes, entre ellas que
las personas que van al infierno se condenan sobre todo por los pecados de
la carne). Ambos niños murieron en olor de santidad. Fueron muy
mortificados, para desagraviar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María
por los pecados de la humanidad.
Lucia aprendió a leer, lo que le
había pedido la Virgen, se hizo monja dorotea, residiendo en Túy, España y
en Coimbra. Después fue monja carmelita y residió en Porto y Coimbra,
relativamente cerca de Aljustrel. En 1950, recibí la gran gracia de Dios de
visitarla en Coimbra, donde tuve la dicha de celebrar la misa y predicar la
homilía, después de haber peregrinado a Aljustrel donde visité la casa de
Francisco y Jacinta, que visite y vi la cama donde “Francisco morreu” y me
obsequiaron con un trozo de su cubrecama y me hicieron una foto frente a su
casa con sus padres y sobrinos y su sepulcro en Fátima . En su soledad
estuvo interrumpida por varias apariciones de la Virgen.


LA VIRGEN PIDE LA DEVOCIÓN REPARADORA DE LOS CINCO PRIMEROS SÁBADOS
Los días10 de noviembre de 1925,
en Túy, y el 15 de febrero de 1926, en Pontevedra (España), se le apareció
la Virgen a Lucia y le dijo: “Mira, hija mía, mi corazón traspasado por
las espinas que los hombres me clavan en todo el mundo, con sus blasfemias
y su ingratitud. Tú, al menos, ven a consolarme; di a esos hombres que se
confiesen y reciban la Sagrada Comunión los primeros sábados durante cinco
meses, que recen el rosario y me hagan compañía durante quince minutos
meditando los quince misterios del rosario. Yo prometo asistirles en la
hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación de su
alma”.
LA VIRGEN PIDE LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA
El día 13 de junio de 1929, en
Túy, la Virgen le dijo a Lucia: “Ha llegado el momento en que Dios pide al
Santo Padre, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de
Rusia a mi Corazón Inmaculado, prometiéndole de este modo la salvación”.
Lucia hizo todo lo que le fue
posible para llegar con sus peticiones a los obispos y al Papa. Pero no le
fue fácil, tropezaba con desconfianza en la realidad de sus apariciones
personales y con la burocratización inherente a una gran organización. De
pronto, Lucia recibió autorización de la Virgen para contar esos encargos a
su confesor. Pero tuvo que insistir, y consiguió escribir al obispo de su
diócesis y al Papa. Durante muchos años, Sor Lucia intentó que los mensajes
de la Virgen llegasen hasta el Papa. Pero el tiempo pasaba y los encargos
de la Virgen se demoraban mientras Rusia, y otras naciones como España, se
desangraban por la persecución a la Iglesia que pretendía eliminar
físicamente a los cristianos.
Pío XII tomó la Consagración en
serio y la hizo dos veces, sin conseguir más que bienes menores: no se
cumplieron los requisitos puestos por la Virgen. El había sido ordenado obispo el 13 de mayo de 1917, día exacto de la primera
aparición de la Virgen de Fátima. Además, había visto, desde Roma, el
milagro del sol tal como debió verse en Fátima el 13 de octubre de 1917. No
podemos dudar de su voluntad de hacer la Consagración de Rusia, como pedía la Virgen. Pero la cantidad de problemas que le acuciaban con motivo de las persecuciones y de
la guerra, y la influencia de obispos y funcionarios del Vaticano de la
línea liberacionista, que pensaban que el comunismo triunfaría totalmente y
no era prudente desafiarlo, lo que se haría según ellos con la
Consagración, motivaron que los esfuerzos del Papa no dieran sus frutos.
Paulo VI estuvo en Fátima un
día, todo fue bien, pero cuando Sor Lucia lo abordó para hablarle de la
Consagración pendiente, la cortó diciéndole: “Hable usted con su obispo”.
Los obispos portugueses hicieron
lo que estaba a su alcance: permitir oficialmente el culto a Nuestra Señora
de Fátima, invitar a la devoción de los cinco primeros sábados de mes
pedida por la Virgen y consagrar Portugal desde Fátima a la Virgen el 13 de
mayo de 1931. En esa consagración, prometieron que, si se evitaba a
Portugal la guerra y las persecuciones religiosas que estaba sufriendo
España, volverían a Fátima para dar las gracias a la Virgen, cosa que
cumplieron en 1938.
LA SEÑAL APARECE, EN TIEMPO DE PÍO XI, ANUNCIANDO EL INICIO DE LA GRAN GUERRA
La noche del 24 al 25 de enero
de 1938, siendo Papa Pío XI, apareció la señal en el cielo anunciada a los
videntes de Fátima el 13 de julio de 1917: una luz desconocida, parecida a
una aurora boreal, que se vio muy bien en Europa y en Marruecos. Fue un
espectáculo sobrecogedor y extraordinario. En una zona española sometida al
comunismo, donde no se podía hablar de Dios, la gente del pueblo interpretó
el suceso como que venía la Gran Guerra, como había predicho la Virgen de
Fátima.
En realidad la guerra empezó
formalmente en septiembre de 1939, bajo el Pontífice Pío XII. Pero cuando
en 1938, bajo el pontificado de Pío XI, se produjo la anexión forzosa de
Austria a Alemania, la conferencia de Munich y la entrega del territorio de
los sudestes a Hitler, la guerra estaba de hecho en marcha, aunque no
formalmente declarada.
LOS ERRORES DE RUSIA
En 1917 empezaron en Rusia las
persecuciones más inicuas y masivas de la historia contra los cristianos y
su culto, un auténtico genocidio. El comunismo consideraba su primera
prioridad terminar con el cristianismo, terminando físicamente con los
cristianos. Todas las confesiones cristianas fueron brutalmente atropelladas,
y naturalmente el mayor número de víctimas correspondió a la Iglesia Ortodoxa, que por cierto aguantó el martirio heroicamente. En los 70 años que ha
durado el comunismo en Rusia –y luego en el conglomerado con otros pueblos
llamado Unión Soviética- se puede razonablemente estimar (con datos
incompletos) un número de 100 millones de muertos por la violencia
comunista, muchas veces con tortura incluida. De ellos unos 40 millones
pueden considerarse como mártires, muertos por odio a la fe cristiana. Es
mucho en valores absolutos, y para un total inicial de población de unos
300 millones de personas, es también mucho, la tercera parte6.
Y si pensamos que la mayoría de
asesinatos y torturas se produjeron desde 1917 hasta 1963, en que falleció
Stalin, la “eficiencia” de la máquina comunista de matar es sorprendente.
Todo valía: requisar las cosechas de los agricultores ucranianos para
dominarlos y lograr que en un solo año murieran 8 millones a resultas de la
provocada hambruna (llamada Holodomor) en 1932-1933. Llevar a millones de
presos a Campos de Concentración (invento de los zares, muy empeorado por
Lenin y Stalin) en vagones para ganado, sin ningún cuidado, y dejar a los
que sobrevivían al viaje en algún lugar apartado más al norte del Círculo Polar,
donde, a 60 grados bajo cero, en una ventisca morían los presos, los
guardianes y hasta los perros. Eliminar violentamente y con torturas a 150
obispos (en 1917 contaban los ortodoxos con 147 obispos. Nombraron después
otros que también fueron, en gran medida, asesinados). Muerte violenta
sufrieron, además, unos 100 mil sacerdotes, y otros 100 mil monjes. Y los
casi 40 millones de mártires ya citados.

Los ortodoxos tenían, en 1917,
80.000 iglesias y capillas. En 1939 quedaban 100 abiertas. En 1917 había
1.025 monasterios. En 1939 se podían contar con los dedos de una mano los
que quedaban, y en condiciones muy difíciles. Cosas parecidas podrían
decirse de los católicos, y de otras confesiones cristianas: los católicos
disponían de 150 iglesias en 1917, y quedaron 2 abiertas en 1991.7
El soviético fue el primer
estado moderno que implantó el aborto legal, en 1920. Con eso Lenin
consiguió que las obreras no perdieran horas de trabajo por la maternidad. El mundo civilizado se horrorizó, pero con 60 años de retraso lo ha ido
copiando al pie de la letra.
La siega de vidas valiosas fue
una práctica tan criminal como demencial durante 70 años. No es de extrañar
que esto se pague ya en este mundo, y que falte gente calificada en
cantidad suficiente en la ex Unión Soviética. La vida de los sobrevivientes ha sido triste, dura. No valía la pena vivir, y menos aún transmitir la vida. La solución de muchos fue esperar la muerte y conformarse olvidándola a base de vodka,
el típico licor ruso.
Y el comunismo ha procurado
expansionarse: en España, donde el genocidio empezó y no llegó a consumarse
por el escaso tiempo que duró allí el comunismo; en México, en China (donde
las víctimas han sido otros cien millones de personas, aunque esto se nota
menos que en Rusia porque China ha tenido alrededor de mil millones de
habitantes); en Vietnam, en Corea del Norte, en Cuba, etc.
Juan Pablo II conoció de cerca
las “ideologías del mal”, como las llamó: nazismo y comunismo. Consiguió
sobrevivir al nazismo, que en tres años de dominar Polonia eliminó a tres
millones de polacos cristianos, además de los judíos polacos y de otras
nacionalidades, y el joven Karol Wojtila tuvo mucha suerte de no ser
eliminado. Luego, llegó el comunismo, que mató creyentes al principio, y
después encarceló y les hizo vivir en una guerra de nervios, tanto a la
población creyente, como también a la no tan creyente.
LA VIRGEN PEREGRINA DE FÁTIMA
El escultor portugués José
Ferreira Thedim ha tallado en madera varias imágenes de la Virgen de
Fátima; las primeras que hizo fueron vistas por Sor Lucia y retocadas
siguiendo sus observaciones. En 1959 había ya varias, una se quedó en
Fátima (y le envió una corona real Pío XII, que ahora ostenta), y otras
fueron a otros lugares, mientras dos de ellas hicieron viajes de ida y
regreso como “peregrinas”: una fue a Europa y al este y otra al oeste,
recibidas en todas partes con mucha alegría y devoción por los habitantes
de las muchas naciones por donde pasaron.
La primera en viajar, en 1946,
fue la imagen que estaba en Fátima, que se movilizó en peregrinación hasta
Lisboa y regresó. Fue un viaje muy grato y muy devoto, no sólo para las
personas que lo hicieron o vieron a la Virgen de paso, sino también por el
episodio de las palomas. Al llegar al pueblo de Bombarral, dos palomas se
acomodaron en el pedestal de la imagen, como haciéndole compañía. A pesar
de los ruidos (campanas, petardos, aplausos, cohetes) las palomas no se
movieron, y acompañaron a la Virgen hasta Lisboa. A veces levantaban vuelo,
revoloteaban sin alejarse mucho y regresaban al pedestal. Al homenaje de
esas palomas se sumaron otras. En Lisboa, dieron espectáculos imprevistos
durante la Santa Misa, como que adoraran a la Hostia desde el dosel del
altar. La Virgen regresó a Fátima con la compañía de sus palomas. Quedó
amplia documentación gráfica. Las palomas se reemplazaban espontáneamente
de modo que hubiera siempre dos o tres en el pedestal.
El fenómeno de las palomas se
repitió en España en 1948, de donde soy testigo como Arcipreste de Montán,
Castellón, cuya Parroquia visitó previa la preparación de una fervorosa
Novena que prediqué en mi segundo año de sacerdocio. Francia... en los
viajes de la Virgen Peregrina. Con otras palomas, al parecer.
LA VIRGEN DE FATIMA VIAJA A POLONIA
Cuando en 1948 la Virgen Peregrina fue embarcada en una Fortaleza Volante para ir de Fátima a las islas Azores,
una distancia de mil kilómetros, las palomas que habían acompañado a la
Imagen emprendieron también el vuelo. La máquina voladora demoró tres horas
en cubrir el vuelo hasta Angra do Heroísmo, en cambio las palomas
invirtieron unas 10 horas. Al día siguiente, ya en las Azores, estaban de
nuevo en el pedestal durante la procesión.

Juan Pablo II el
Grande y paloma amistosa
Los comunistas, de gran
influencia entonces en Europa, consiguieron desvirtuar las informaciones de
la prensa: que no reflejaran la magnitud ni el calor del recibimiento a la Imagen. Consiguieron la “cura de silencio” coactiva.
Su pánico a Fátima quedó mucho
más de manifiesto el 5 de mayo de 1978, en Varsovia, cinco meses antes de
la elevación de Juan Pablo II al Pontificado.

Talla de Thedim,
con la corona regalada por Pío XII
El avión en que viajaba la Imagen Peregrina aterrizó, y, sin permitir a los pasajeros desembarcar, fue escoltado por un
vehículo militar, y llevado a un rincón del aeropuerto. Después de la
inspección detallada de la Imagen dentro de un vehículo con un laboratorio
electrónico, y de consultar a los jefes (¿al Kremlin?), con un calor
asfixiante bajo un sol que ponía casi candentes los techos de los vehículos
y del avión, avisaron que la estatua debía retornar al avión y no volver a
salir de él. “Los comunistas no creen en Dios, pero se asustan mucho ante
una imagen de madera de la Madre de Jesús de 15 kilogramos de peso”. La imagen fue vigilada dentro del avión, durante tres días, por soldados,
mientras a las personas se las invitó a desembarcar. Lo único que
consiguieron –porque no les avisaron- fue que los fieles hicieran un perfil
en alambre de la Imagen, que luego fue puesto sobre unas andas y exhibido
como la “Virgen de Fátima”. El público entendió perfectamente lo sucedido,
lo tomó a risa y fue un ridículo de los comunistas.
EN ROMA, EN 1981, JUAN PABLO
II SE ENTERA DEL TERCER SECRETO
Desde el Gemelli, el año 1981,
Juan Pablo II pudo leer la Tercera Parte del Secreto de Fátima. No había
sido publicado, pero los Papas habían podido leerlo desde 1960.
Escrito por Sor Lucia, dice así:
“Vimos un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; al
centellear, despedía unas llamas que parecían incendiar al mundo; pero se
apagaban al contacto con el resplandor que de la mano derecha de Nuestra
Señora salía a su encuentro; el Ángel, señalando a la tierra con la mano
derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! Y
vimos una luz inmensa que es Dios: algo parecido al modo en que se ven las
personas en un espejo cuando pasan por delante, un obispo vestido de
blanco, tuvimos el presentimiento de que era el Santo Padre. Vimos otros
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir a una montaña escarpada
en la cumbre de la cual había una gran Cruz de troncos toscos, como troncos
de encina con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar allí, atravesó
una gran ciudad medio en ruinas, y, casi temblando, con paso vacilante,
afligido por el sufrimiento y la pena, iba rezando por las almas de los
cadáveres que encontraba en el camino; al llegar a la cima del monte,
prosternado de rodillas a los pies de la gran Cruz, cayó muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros y flechas, y
así mismo fueron muriendo uno tras otro los obispos, sacerdotes, religiosos
y religiosas, y varias personas seculares, señores y señoras de varias
clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz estaban dos Ángeles,
cada uno con una vasija de cristal en la mano, en ellas recogían la sangre
de los mártires y con ella rociaban las almas que se acercaban a Dios”.
Juan Pablo II sabía bien que las
apariciones de Fátima eran verdaderas: “¿Qué decir de los tres niños
portugueses de Fátima, que, de improviso, en vísperas del estallido de la
Revolución de Octubre, oyeron: “Rusia se convertirá” y “Al final, mi
Corazón triunfará”? No pudieron ser ellos quienes inventaron tales
predicciones. No sabían historia ni geografía, y sabían aún menos de los
movimientos sociales y de la evolución de las ideologías. Y, sin embargo,
ha sucedido exactamente cuanto habían anunciado”, declaró el Papa en 1994.
Jacinta, la niña vidente más
pequeña, cuando aún estaban los tres pastorcillos en Aljustrel, había dicho
a Lucia:
“¿Has visto al Santo Padre,
Lucia? Lo he visto en una casa inmensa. Estaba de rodillas ante una pequeña
mesa, la cabeza entre las manos, y lloraba. Afuera había una gran multitud.
Unos arrojaban piedras, otros maldecían y decían toda clase de injurias.
¡Pobre Santo Padre! Tenemos que rezar por él.

El Papa Juan
Pablo II con Sor Lucia, en Fátima
“Unos días más tarde, vio de
nuevo al Papa; esta vez se hallaba en una gran basílica; innumerables
cirios ardiendo ante unos altares magníficos y él consagraba el mundo
entero al Corazón Inmaculado de María".

Basílica de
Fátima, el 13 de mayo del 2000, cuando fueron beatificados Jacinta y
Francisco.
Juan Pablo II estaba convencido
de que el Papa caído del Tercer Secreto y el que veía y encomendaba
Jacinta, era él. Cuando más adelante, el 13 de mayo del 2000, Juan Pablo II
beatificó a Francisco y a Jacinta, en Fátima, hizo constar su
agradecimiento: “Yo manifiesto mi gratitud a la bienaventurada Jacinta por sus oraciones y sus sacrificios ofrecidos por el Santo Padre, al
que vio en medio de un gran sufrimiento".
AGRADECIMIENTO Y
RESPONSABILIDAD
Juan Pablo II no perdió ocasión
de manifestar su agradecimiento a la Virgen por haber impedido que fuera
asesinado. En incontables ocasiones diferentes se refirió a ello, en todos
los idiomas que dominaba y en todos los continentes que visitó. Se sabía
de buena fuente por los médicos del Hospital Gemelli, que los proyectiles
de 9 milímetros que Agca le disparó con una pistola Browning Parabellum
habían desconocido la ley de la inercia y se habían desviado
inexplicablemente evitando dañar órganos vitales. “Una mano disparó y otra
condujo la bala”, como dijo Juan Pablo II al escritor francés André
Frossard. Monseñor Stanislaw Dziwisz recordó: “El Santo Padre veía en todo
ello una señal del Cielo. Todo parecía guiado por una mano invisible. No se
hablaba de milagro, pero todo el mundo creía en él".
El 14 de agosto de 1981, ya
repuesto, el Papa visitó las tumbas de Juan Pablo I y de Paulo VI,
consciente de que habría estado allí junto a sus predecesores, si el 13 de
mayo no hubiera sido salvado milagrosamente: “Pero el Señor lo dispuso de
otro modo y Nuestra Señora –pues todos recordamos perfectamente lo que
sucedió el 13 de mayo- cooperó en ese otro modo”. Poco después recibió el
obsequio de una imagen de la Virgen de Fátima, y la envió a una pequeña
iglesia de la diócesis de Bialystok, Polonia, en la frontera con la Unión Soviética, donde se quedó, mirando a la Unión Soviética, por disposición del Papa.
Cuando reanudó las audiencias
generales en la plaza de San Pedro, después de cinco meses de interrupción
forzosa, el 7 de octubre de 1981, insistió ante los millares de asistentes,
periodistas incluidos: “¿Cómo olvidar que el acontecimiento de la Plaza de
San Pedro tuvo lugar el mismo día y a la misma hora en que, desde hace más
de sesenta años, se conmemora en Fátima, en Portugal, la primera aparición
de la Virgen a los tres pastorcillos? Porque realmente ese día experimenté
en todo lo ocurrido la extraordinaria protección maternal que demostró ser
más fuerte que el mortal proyectil”.
El mismo año 1981, el Papa mandó
colocar un icono de la Virgen, en mosaico, en la parte superior de un ala
del Palacio Apostólico, con la inscripción Totus tuus, Mater Ecclesiae (todo tuyo, Madre de la Iglesia).
Dijo el Papa: “Los signos de los
tiempos nos indican que nos encontramos en la órbita de una gran batalla
entre el bien y el mal, entre la afirmación y la negación de Dios, de su
presencia en el mundo, y de la Salvación que encuentra en Él su comienzo y
su término”.
Estos signos nos señalan “a la
mujer que nos guiará. Precisamente con Ella, hemos de enfrentarnos a los
problemas que inundan nuestra época”.
Junto al agradecimiento, la
responsabilidad de cumplir lo indicado por la Virgen de Fátima: “Durante
los tres meses que he pasado entre la vida y la muerte, he comprendido que
la única solución para salvar al mundo de nuevas guerras y catástrofes,
para salvarlo del ateísmo, es la conversión de Rusia según el mensaje de
Fátima”, confió a uno de sus muchos visitantes.
PRIMER VIAJE DEL PAPA A
FÁTIMA Y CONSAGRACIÓN
En febrero de 1982 el Papa
anunció un domingo, en la Plaza de San Pedro: “El próximo 13 de mayo
pretendo ir a Fátima para dar las gracias a la Santísima Virgen que me protegió como una madre con ocasión del atentado, y también, por
supuesto, para pedir a Nuestra Señora que conceda todos sus favores y toda
su ayuda a la Iglesia y a la Humanidad”. Comprobó que Sor Lucia había
expresado que las consagraciones hechas por Pío XII y Paulo VI no
cumplieron el requisito de invitar a los obispos a participar en ellas tal
como la Virgen había pedido. El Santo Padre decidió enviar una carta a
todos los obispos del mundo para garantizar la consagración que se proponía
hacer en Fátima. La carta fue firmada por el Cardenal Casaroli el 20 de
abril de 1982.
El 12 de mayo de 1982 el Papa
viajó a Lisboa, donde una enorme multitud le tributó un homenaje
apoteósico, y en la tarde voló en helicóptero hasta Fátima. Entre los que
le recibieron en Lisboa y los de Fátima suman varios millones. El Obispo de
Leiria, Monseñor Alberto Cosme do Amaral, le dio la bienvenida. En ella le dijo: “A causa de vuestro amor por Cristo, la Iglesia y la
humanidad, vuestra sotana blanca se manchó de sangre. Saludamos en vuestra
augusta persona al mártir y al buen pastor que da la vida por sus ovejas.”
Juan Pablo II respondió, en correcto idioma portugués, recordando el
atentado: “Al recobrar el conocimiento, mis primeros pensamientos fueron
para este santuario, pues deseaba expresar toda mi gratitud al corazón de
la Madre celestial que me salvó la vida. En todo lo sucedido vi –y no ceso de repetirlo- la protección especial y maternal de Nuestra Señora. A través
de esa coincidencia –y no existen meras coincidencias en los designios de
la Providencia- vi también una llamada a prestar atención al mensaje que,
hace sesenta y cinco años, nos transmitieron tres niños, tres campesinos,
los pastorcillos de Fátima como se les llama en el mundo entero.”
El rezo del rosario, seguido por
los centenares de miles de peregrinos, fue en varios idiomas, además del
portugués: uno de los misterios fue dirigido por el Cardenal Macharski, en
polaco, y otro por Monseñor Hnilica, en eslovaco. El Papa lo había
dispuesto para pedir indirectamente a la Virgen la libertad religiosa tras
el Telón de Acero.
Al día siguiente, el Papa se
entrevistó con Sor Lucia, en portugués y sin intérpretes, durante 25
minutos. De inmediato surgió entre ambos una confianza como si se hubieran
conocido de toda la vida. “Dios me ha concedido la gracia que deseaba desde
hace mucho tiempo: hablar contigo, hija mía”, le dijo el Papa y rompió todo
posible hielo.
Juan Pablo II celebró la Santa Misa, con cánticos y homilía. Finalmente, proclamó la Consagración del mundo, tan
esperada: “Madre de los hombres y de los pueblos, abraza con amor de Madre
y de Sierva a este mundo humano nuestro que te confiamos y consagramos
llenos de inquietud por el destino terrestre y eterno de los hombres y de
los pueblos. De modo especial, te entregamos y consagramos los hombres y
las naciones25, especialmente aquellos necesitados de esta devoción y esta
consagración.” “¡Líbranos del hambre y de la guerra! ¡Líbranos de la guerra
nuclear, de una destrucción incalculable y de toda clase de guerra! De los
pecados contra la vida del hombre desde sus primeros instantes, ¡líbranos!
De todo tipo de injusticia en la vida social, nacional e internacional,
¡líbranos! De la facilidad para despreciar los mandamientos de Dios,
¡líbranos! De los pecados contra el Espíritu Santo, ¡líbranos! ¡líbranos!”
Por la tarde, a la hora del
atentado de un año antes, Juan Pablo II se postró en oración públicamente,
arrodillado ante la imagen de la Virgen. A los 45 minutos, su secretario se acercó y le indicó que había que continuar. Pasó la noche en Lisboa, y
regresó a Roma al día siguiente, con la conciencia tranquila por haber
consagrado el mundo según su leal saber y entender.
Pero la tranquilidad duró poco.
El Nuncio del Papa en Lisboa preguntó a Sor Lucia si estaba satisfecha de
la consagración hecha en Fátima. Ante su sorpresa, Sor Lucia contestó que
no. Escribió entonces una carta al Papa, explicando que no había sido
válida porque la carta escrita por Casaroli a los obispos fue una gestión
importante, pero les llegó demasiado tarde para poder organizar su viaje.
Además, en la carta se les informaba del evento, y había que haberles
invitado a unirse a él. Hubo entrevistas de Sor Lucia con algunos clérigos
comisionados por el Papa, y Juan Pablo II decidió hacer otra consagración.
LA IMAGEN DE FÁTIMA VIAJA A ROMA
El Papa escogió el 25 de marzo
de 1984 como nueva fecha para la próxima consagración. Su agenda de trabajo
estaba muy llena, y no le era posible ir a Fátima esa vez. Preparó el viaje
de la Imagen de Fátima a Roma, ante el estupor de muchos, y se avisó a los
obispos católicos de todo el mundo con mucho tiempo, de acuerdo a las
indicaciones de Sor Lucia, invitándoles a sumarse a la consagración. Además, el Papa invitó también a cuantos obispos ortodoxos pudo, con notable
éxito.
El Papa estaba impaciente ante
la próxima llegada de la Imagen a Roma. “La recibiremos con todo el cariño
que inunda nuestro corazón”, dijo. Por fin, el 24 de marzo de 1984, la
Imagen de Nuestra Señora de Fátima llegaba al aeropuerto de Roma. La
acompañaban dos servitas (personas que sirven voluntaria y gratuitamente en
el Santuario de Fátima) y sus esposas, y tres clérigos (los siete,
portugueses).
Cuando desembarcaron, llevando
la imagen, tuvieron la primera sorpresa, que les asustó: un ruido seco,
fuerte, producido por el golpe sincronizado de las manos con las culatas de
los fusiles de un batallón de carabinieri, que, en correcta formación,
efectuaron la instrucción ¡Presenten!, ¡armas!, homenaje reservado a los
reyes y personas muy importantes. La estatua que había sido retenida en el
avión como indeseable en Varsovia en 1978, era desagraviada y tratada, en
Roma, como Emperatriz del Universo en 1984.
En un helicóptero llegaron hasta
el Vaticano, donde los recibieron el Papa, feliz, los guardias suizos, y la
policía italiana, que sumados a algunos presentes formaron una pequeña
procesión, con cirios, y llevaron la Imagen a la Capilla Paulina, para la veneración de los fieles. Más tarde, pasó a los apartamentos
pontificios, donde el Papa pasó la noche entera rezando ante ella.
Al día siguiente, en la Plaza de
San Pedro, repleta de peregrinos, la Imagen lucía con su preciosa corona,
y con un rosario de oro regalado por el Papa en sus manos. La imagen se
veía bien, aún siendo pequeña, porque estaba en un pedestal bien visible.
El Papa celebró la Santa Misa, e una homilía sobre la familia. Al terminar, a las 12 del mediodía, hora del Ángelus,
EL PAPA SE ARRODILLÓ ANTE LA VIRGEN Y COMENZÓ LA CONSAGRACIÓN. FUE MUY PARECIDA A LA QUE HIZO EN FÁTIMA EN 1982, CON LAS ADICIONES PEDIDAS POR SOR LUCIA.
Por la tarde, al despedir a la
Imagen, de nuevo el Papa puso de manifiesto su intensa relación con la
Virgen de Fátima: “Señora de Fátima, a quien confiamos nuestra devoción y
nuestra gratitud desde lo más íntimo de nosotros mismos: has querido venir
a visitarnos a Roma en este día tan importante. ¡Te lo agradecemos
infinitamente! ¡Qué agradecidos estamos! ¡Qué gracia nos has concedido
honrándonos con tu presencia, yo diría más, personal!”
A la mañana siguiente, uno de
los portugueses habló por teléfono con Sor Lucia. El Papa le preguntó qué
había dicho de la consagración. La religiosa había respondido que el Santo
Padre había hecho todo lo pedido por la Virgen. El Papa quedó muy contento.
Les dio a los servitas un regalo
que no esperaban: una de las balas que entró en su cuerpo. La llevaron a
Portugal, donde el joyero que había hecho la corona la introdujo en un
hueco de la misma donde encajaba muy bien. Ahora la bala es un adorno más
de la magnífica corona de la Virgen.
TRAS LA CONSAGRACIÓN, EL COMUNISMO
INICIA EL DESPLOME
A partir de la consagración
hecha por Juan Pablo II en 1984, se empezaron a consolidar como por ensalmo
las disidencias con el gobierno en varios de los países de Europa Oriental
sometidos al comunismo: en Polonia, en Checoslovaquia, en Hungría, en
Alemania Oriental... El 9 de noviembre de 1989 se empezó la demolición del
Muro de Berlín y de las barreras policiales, alambradas y demás que
impedían el paso entre la Alemania del Este y la del Oeste.
El 11 de mayo de 1985 Mikhail Gorbachov
había sido nombrado Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, el cargo más importante de la Unión Soviética. Hombre abierto y amante de la paz, el 1 diciembre de 1989 visitó, con su
esposa Raissa, a Juan Pablo II en el Vaticano, entrevista que hubiera sido
impensable seis años antes. El encuentro fue muy cordial, se fraguó una
intensa amistad entre ellos, y una veneración de los dos rusos hacia el
Papa y la religión cristiana. El Papa pidió libertad religiosa en la Unión Soviética, que fue concedida a la brevedad posible por Gorbachov. Además, este
desmembramiento del imperio marxista se consiguió sin derramamiento de
sangre. La guerra fría, con su amenaza constante de destrucción nuclear
masiva, había terminado. La Virgen de Fátima había cumplido su promesa.
Opiniones privilegiadas
Ha dicho Gorbachov en 1992:
”Todo lo ocurrido en Europa Oriental a lo largo de estos últimos años no
hubiera sido posible sin la presencia de ese Papa, sin el papel –también
político- que ha sabido representar a nivel mundial”.
El propio Juan Pablo II fue más
modesto respecto al papel desempeñado por su persona: “Hay que evitar las
excesivas simplificaciones. El comunismo ha caído a consecuencia de sus
propios errores y abusos”, dijo a Vittorio Messori. Pero también dijo que
el atentado del 13 de mayo fue necesario para hacer todo más claro y
comprensible, y permitir así que Dios se hiciera oír. Y en otra ocasión
dijo al periódico italiano La Stampa: “Creo que si ha habido un papel
determinado es el del Cristianismo, de su contenido, de su mensaje
religioso y moral, de su defensa intrínseca de la persona humana y sus
derechos. Yo no he hecho más que recordar, repetir e insistir en el hecho
de que ese es un principio que hay que observar.
Preguntada Sor Lucia en una
carta por la periodista Aura Miguel, respondió: “Estoy totalmente de
acuerdo con las palabras del Santo Padre Juan Pablo II, en su respuesta a
la pregunta sobre los recientes acontecimientos acaecidos en Europa del
Este y en Rusia. Yo creo que se trata de una intervención de Dios en el
mundo para librarlo de una guerra atómica que podría destruirlo. Y es una
llamada urgente a la humanidad para una fe más vívida, una esperanza más
confiada, un amor de Dios y del prójimo más activo en el respeto mutuo de
la dignidad, los derechos y la vida de la persona humana, en la observancia
de los Mandamientos de la Ley de Dios tal y como fueron promulgados por Él
desde el principio: ´No matarás, no cometerás adulterio. No desearás la
casa de tu prójimo. No desearás la mujer, ni cosa alguna que pertenezca a
tu prójimo. Amarás al Señor, tu Dios, y al prójimo como a ti mismo”.

Wyszinski y Juan
Palo II y sus respectivos escudos.
La entrega total del Papa a la
Virgen
El 13 de mayo de 2000, el Papa
estaba en Fátima, para beatificar a Jacinta y Francisco. Recordó,
nostálgico, el 22 de octubre de 1978, cuando inauguró su pontificado y los
cardenales desfilaban, arrodillándose ante él, besando su anillo y
prestándole fidelidad. El Cardenal Wyszinski, Primado de Polonia, muy
querido y admirado por el Papa, empezó a arrodillarse, pero Juan Pablo II
se le adelantó y se arrodillaron los dos, y se abrazaron, un abrazo tan
emocionante que su fotografía conmocionó al mundo.
Wyszinski le dijo: “Si el Señor
te ha llamado, debes hacer entrar a la Iglesia en el Tercer Milenio.” Y le
entregó al Papa un anillo de oro hecho especialmente para él con el lema
Totus tuus, todo tuyo, que estaba en el escudo del Papa, referido a la Virgen. Juan Pablo II lo conservó durante 22 años, como su más preciado tesoro, un recuerdo
entrañable. Y el 13 de mayo de 2000, en Fátima, el Papa entregó su anillo a
la Virgen. “Estoy aquí; misión cumplida; haz lo que quieras de mí”. Había
llevado la Iglesia hasta el Tercer Milenio. Estaba disponible para otra
misión. Totus tuus.
LUCIA CANTA EL AVEMARIA CON
SU COMUNIDAD Y TRES ESPAÑOLAS QUE LA VISITARON

La escena, captada con el
teléfono móvil por una hermana de la comunidad de Coimbra, tuvo lugar el 17
de julio de 2004. (Lucía nació el 28 de marzo de 1907 y murió santamente el
13 de febrero de 2005). Las tres Carmelitas Descalzas que aparecen junto a
Lucía son, a su derecha, las hermanas Olatz del Niño Jesús, del convento de
Donamaría (Navarra), y Mª Dolores de Jesucristo, del convento de
Fuenterrabía (Guipúzcoa) y, a su izquierda, María del Sagrario, del
convento de Echavacoiz (Pamplona). Las hermanas habían asistido el día 16
de julio, en representación de la Federación de Carmelitas Descalzas de S.
Joaquín de Navarra, a la que pertenece la comunidad de Oporto, al traslado
de dicha comunidad a una nueva sede. Dada la vinculación especial del convento
de Coimbra con el de Echavacoiz, aprovecharon la circunstancia para hacer
una visita también a sus hermanas de Coimbra, y, en particular, a la Hna. Lucía.
Hna. Olatz, recuerda así la
visita: «Nos recibió la comunidad con el cariño y acogida que solemos. Como
Hna. Lucía aún estaba descansando, la Priora nos enseñó las dependencias de
la casa. Ya más tarde, fuimos a saludar a Lucía, aún en la cama. Nos regaló de su mano rosarios y algún folleto. Luego rezamos Sexta, y fuimos a comer.
También Hna. Lucía comió con todas. En ese momento le trajeron un ramo y
nos lo regaló. Quería regalarnos todo. Al ver que comíamos a gusto las
cerezas que nos pusieron de postre, nos dio también las suyas. Luego fuimos
todas al recreo. Nos hicieron cantar. Nada más terminar nosotras, la Hna. Lucía, en un gesto espontáneo y lleno de unción, juntó las manos y, mirando al cielo,
entonó su Ave María. Fue una escena tierna y emocionante».
RELATO DE SOR LUCÍA AL
OBISPO DE LEIRÍA
Entrevistaron a Sor Lucía dos
Cardenales y le preguntaron: —Hay muchos libros sobre Fátima. ¿Cuál
recomienda como el más auténtico? ¿Sus propias memorias?—Sí, hay muchos
libros. Yo no los tengo todos: Mis memorias continúan siendo el libro más
correcto, a pesar de contener algunos errores de fechas y lugares, porque
originalmente, no tenía la intención de que las memorias fueran publicadas.
Voy a seguir pues el relato de Lucía, que después de muertos los dos
videntes más niños, Lucía, carmelita ya en Coimbra, presentó a petición del
Obispo de Leiría, Don Alberto Cosme do Ameral, una Relación. Las memorias
de Sor Lucía son el relato más correcto y auténtico de las apariciones de
Fátima.
ERA UNA SEÑORA MÁS BRILLANTE
QUE EL SOL.
Día 13 de mayo de 1917. Primera
aparición de la Virgen.
En Cova de Iría, a tres
kilómetros de Fátima, el 13 de mayo de 1917. La Señora parecía tener entre
15 y 18 años; llevaba un vestido blanco hasta los pies, cerrado el cuello
con un cordón de oro; un manto blanco la cubría desde la cabeza; las manos
juntas y un rosario entre ellas...«Ni triste, ni alegre, sino seria». La
Señora busca víctimas. Una vez prometido el cielo a los tres pequeños, les
dijo: «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todo el sufrimiento que a El
plazca enviaros como un acto de reparación, por todos los pecados con los
que El es ofendido y para pedir por la conversión de los pecadores?». —Sí,
queremos.
Cuenta Lucía: Estando jugando
con Jacinta y Francisco, en lo alto de la pendiente de Cova de Iría,
haciendo una pared alrededor de una mata, vimos de repente algo como un
relámpago.—Es mejor que nos vayamos a casa —dije a mis primos—, está
relampagueando; puede haber tormenta.—Pues, si. Y comenzamos a bajar la
cuesta, llevando las ovejas hacia la carretera.
Al llegar a la mitad de la
pendiente, muy cerca de una encina grande, vimos otro relámpago, y habiendo
dado algunos pasos adelante, vimos sobre una encina una Señora, vestida
toda de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e
intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los
rayos del sol más ardiente. Nos paramos sorprendidos por la Aparición. Estuvimos tan cerca que nos quedamos dentro de la luz que la rodeaba o que Ella
esparcía. Tal vez a metro y medio de distancia, más o menos. Entonces
Nuestra Señora nos dijo:—1No tengáis miedo! No os quiero hacer ningún
mal.—¿De dónde es Vd? —le pregunté.—Soy del Cielo. —¿Y qué es lo Vd.
quiere?—Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13, a esta misma hora. Después os diré quién soy y qué quiero. Después volveré aquí otra vez.—Y ¿yo
también iré al Cielo?—Sí, irás. —Y ¿Jacinta? -También.—Y ¿Francisco?
También; pero tiene que rezar muchos rosarios.
¿QUERÉIS OFRECEROS A DIOS
PARA SUFRIR LO QUE OS ENVIE?
En reparación de los pecados con
que El es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?—Sí,
queremos. -Tendréis que sufrir mucho, pero la gracia de Dios os dará
fuerza. Al decir estas últimas palabras abrió por primera vez las manos
comunicándoles una luz tan intensa como reflejo que de ellas despedía, que
penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos vernos a
nosotros mismos en Dios, más claramente que nos vemos en el mejor de los
espejos. Entonces por impulso íntimo, caímos de rodillas y repetíamos
íntimamente: “Oh Santísima Trinidad, yo te adoro, Dios mío; yo te amo en el
Santísimo Sacramento. Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:
—Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz en el mundo y el fin
de la guerra. En seguida comenzó a elevarse serenamente, hasta desaparecer
en la inmensidad del espacio. La luz que la circundaba parecía que abría el
camino a través de los astros. Los relámpagos no eran propiamente
relámpagos, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Al ver esta luz
decíamos a veces que veíamos venir a Nuestra Señora; pero a Nuestra Señora
propiamente sólo la distinguíamos en esa luz cuando estaba ya sobre la
encina.
LA VISION DEL INFIERNO
Francisco y Jacinta tuvieron
sendas visiones sobre el Papa. Francisco le vió llorando y a la multitud tirándole
piedras e insultándole. Jacinta, rezando con mucha gente ante una imagen
del Corazón de María.
Hasta 25 años más tarde no se
conoció el contenido de la aparición con la visión del infierno. La Señora
abrió las manos como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en
la tierra, y vimos como un mar de fuego: sumergidos en este fuego a los
demonios y a las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o
bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por
las llamas que salían de las mismas juntamente con nubes de humo, cayendo
hacia todos los lados, semejante al caer de pavesas en los grandes
incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y
desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. A la vista de
esto di aquel “ay”, que dicen haberme oído. Los demonios se distinguían por
sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos,
pero transparentes como ne¬gros carbones en brasa. Asustados y como para
pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora que nos dijo entre
bondad y tristeza:—Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los
pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mun¬do la
devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacéis lo que os digo se salvarán
muchas almas y habrá paz. La guerra va a terminar. Pero si no dejan de
ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando
viereis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la señal
que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de
la guerra, del hambre y de persecuciones de la Iglesia y del Santo
Padre.—Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi
Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si se
atienden mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, esparcirá
sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias
naciones serán aniquiladas. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se
convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz. Esto no lo digáis
a nadie. A Francisco sí, se lo podéis decir
LA SEÑAL CELESTIAL.
Día 13 de octubre de 1917,
70.000 personas venidas desde todos los puntos de
Portugal.
Salimos de casa temprano. Había
masas de gente. Caía una lluvia torrencial. Mi madre, temiendo que fuese
aquel el último día de mi vida, con el corazón partido por la incertidumbre
de lo que iba a suceder, quiso acompañarme. Por el camino se repetían las
escenas del mes pasado, más numerosas y conmovedoras. Ni el lodo en los
caminos impedía a esa gente arrodillarse en la actitud más humilde y
suplicante. Pedí a la gente que cerrase los paraguas para rezar el rosario.
Poco después vimos el reflejo de la luz y en seguida a Nuestra Señora sobre
la encina.—¿Qué es lo que usted quiere?—Quiero decirte que hagan aquí una
capilla en honor mío; que soy la Señora del Rosario; que continúen siempre
rezando el rosario todos los días. La guerra va a acabar, y los militares
volverán en breve a sus casas. Es necesario que se enmienden; que pidan
perdón de sus pecados; —y tomando un aspecto más triste—, No ofendan más a
Dios Nuestro Señor que está ya muy ofendido. Y abriendo las manos, las hizo
reflejarse en el sol. Y mientras se elevaba, continuaba el reflejo de su
propia luz proyectándose en el sol.
LA DANZA DEL SOL.
El sol giró rápidamente como una
gigantesca rueda de fuego. Se detuvo un momento, y giró de nuevo con una
velocidad vertiginosa, irradiando haces de llamas rojo sangre. Finalmente,
la esfera ígnea, pareció temblar, estremecerse y después arrojarse
precipitadamente en ingente zigzag hacia la multitud. Al principio se oyó un tremendo grito de terror: “¡Señor, sálvanos!”. Cuando el sol
se normalizó, resonó otra exclamación de asombro y alegría: ¡Milagro!... He
aquí a María, enfrentada con el poder de las tinieblas, en una lucha cuyos
triunfos y derrotas están condicionadas a nuestra conversión y
arrepentimiento.
He aquí, señor Obispo, la
Historia de las Apariciones de Nuestra Señora en Cova de Iría en 1917.
"¿Quién es ésta que se asoma como el alba, hermosa como la luna y
límpida como el sol, terrible como escuadrón a banderas desplegadas?
Cantares 6,10. "Arrepentíos, que ya llega el reinado de Dios"
Mateo 3,2."Velad y orad para no caer en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es débil" Mateo 26,41.
Jesús Marti Ballester
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